
El ambiente a viejo de las calles era parte de su encanto. Parecía que allá el tiempo no pasara, que las gentes no necesitaran cambiar las costumbres que antes habían tenido sus padres, incluso sus abuelos. Las puertas de las casas siempre abiertas de par en par, allí no existía el miedo, todos se conocían, todos sabían quién eras y qué hacías. Y si eras un extraño, te bombardeaban a preguntas hasta que dejabas de serlo. Eso es lo que me gustaba de aquel lugar, aquel micromundo dentro de la inmensa civilización que no se paraba a respirar. Era una burbuja de cotidianidad, de risas continuas y saludos sinceros. Era mí burbuja.
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