- Pero, ¿Cómo cabe tan mal humor junto en un cuerpo tan pequeño?
- No sé, seguramente me lo metieron a presión cuando nací. - Replicó Alice.
Él sonrió sin disimulo.
- La ironía no es mala, ni el sarcasmo, ni estar continuamente de mala cara. Yo creo que eres demasiado inteligente para tu propio bien. Te aburres, y por eso siempre estás enfadada.
- Vaya, ahora me psicoanalizas. - exclamó - ¿Y qué le debo, doctor?
Ahora Jack si que no pudo evitar reírse. - Oye, oye, te lo decía como un cumplido, no hace faltar ser siempre tan borde, princesa. Es verdad cuando te digo que me tienes intrigado, es más, añadiría que me tienes cautivado.
Alice dudó. Todavía con el cejo fruncido no pudo evitar preguntar...
- Entonces, ¿por qué siempre estás metiéndote conmigo, con todo lo que hago y cómo lo hago?
La pregunta le pilló por sorpresa, no tanto las palabras sino el tono de su voz teñido de pena. Desvió la mirada un segundo, pero enseguida se volvió hacia ella, clavándole la mirada directamente a los ojos. La sobrecogió lo que aquellos ojos le transmitían: intensidad, fuerza, amor.
- ¿No te han dicho nunca - respondió acercándose más a ella - que los chicos malos hacen rabiar a las chicas porque les gustan? Es algo que no podemos evitar, princesa, nos viene de fábrica.
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