viernes, 13 de abril de 2012

Propósitos

No podía creer lo que veían sus ojos. A punto estuvo de caer de bruces sobre la partida de póquer que jugaban frente a él. Le gritaron. No los oyó. Andaba sin ver, con los ojos fijos en aquel cuello largo, la espalda recta, suave, desnuda hasta lo indecente, y aquel cabello corto negro y salvaje. Su figura allí de pie, al lado de la barra, destacaba sin esfuerzo en aquel antro de hombres, de humo y alcohol. Un lugar en el que, a pesar de todo, encajaba a la perfección. 
Sus pies le arrastraban aunque no lo deseara. Y cuando por fin tuvo aquella suave piel al alcance de la mano, se quedó así, con el brazo extendido, petrificado, o más bien... abatido. Ella reía, una risa fresca y brillante, como la recordaba entre sus sábanas. Pero no le reía a él. 

- Dime, - le susurró bajito - ¿tan poco has tardado en olvidarme que ya tienes a otro calentando tu cama?
No se giró de inmediato. Él llegó a pensar que no lo había oído, pero entonces se dio la vuelta muy despacio y con gracia, sonriendo todavía. 
- No te he olvidado, cariño. Entiende que son cosas distintas olvidar y seguir adelante. Pero... no te niego que ya no te echo de menos y que todo me va muy bien. 

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